Mientras, el concierto se desarrollaba
en el auditorio de Fuente Dorada. Nuestro presentador,
para ganar tiempo (o para perderlo, que en nuestra
situación tanto valía una cosa como
la otra), se pegó al micrófono y decidió
contar la historia de la Orquesta de Pulso y Púa
desde los inicios, cuando, como dijo: "Éramos
tan pequeños que no alcanzábamos a hablar
por este teléfono..." ¿Teléfono?
¿Cómo se puede confundir un micrófono
con un teléfono? Tal vez se lo pensaban colocar
en la oreja y esperar a oír qué le contaban.
El tiempo pasaba más de prisa que nunca porque
el bombero no llegaba. El intermedio no se podía
hacer más largo y cuando ya hubo quien se ofreció
a contar chistes para entretener al público,
llegó nuestro compañero "cabeza
de timbal" y todos pudimos respirar más
a gusto.
El concierto se reanudó y cuando pensábamos
(pobres inocentes) que la historia transcurriría
con normalidad, uno de los músicos no encontraba
una partitura y tuvimos que suspender la acción
durante el tiempo que tardó en volver a los
camerinos a buscar su carpeta; tres interminables
minutos quietecitos y callados en el escenario hasta
que al director se le ocurrió interrumpir el
cuadro plástico para emplear el socorrido viejo
truco de: "Son los contratiempos del directo".
Finalmente pudimos acabar de tocar sin más
interrupciones, pero cuando ya nos íbamos nos
llamó la azafata del teatro para avisarnos
(por fortuna) de que nos olvidábamos unos paquetes;
en esos paquetes estaban las cintas que habíamos
llevado para vender después del concierto.
¡Total, trescientas cintas más o menos,
a cualquiera le pasan desapercibidas...!
Pero todo acabó bien. Volvimos a Tudela y
no se nos olvidó nada. Creemos...
No queremos terminar este artículo sin dar
a todos un consejo: ¡Si alguno de ustedes tiene
una Orquesta de Pulso y Púa formada por estudiantes,
eviten en lo posible actuar en épocas de exámenes...!
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